Prólogo de la obra

-¡Es un cerdo! -exclamó el joven, con toda la fuerza que pudo para que su viejo mentor lo escuchara.

El muchacho estaba arriba del andamio, así que le daba pereza bajar, correr y contarle al maestro pintor lo que había encontrado tras comenzar con la primera parte de la limpieza del muro. Como no obtuvo respuesta, lo intentó nuevamente.

-¡Es un cerdo! ¡Es un cerdo! -gritó de modo eufórico, más parecido a un niño abriendo un regalo largamente esperado que a un joven con algo de responsabilidad por su tarea remunerada.

-¡Ya te escuché! -contestó el viejo, mientras volvía lentamente al Salón Rojo-. No es necesario que lo repitas, pues ochenta y siete años tengo, pero no soy sordo.

-¿Qué le dije, don Ricardo? -insistió el joven-. Ya le decía que debajo de esta mano de pintura había otra textura. Si se puede sentir con los dedos... incluso con la palma entera si uno se concentra y cierra los ojos. Es como si se hubiera hecho a propósito.

-¡Eso te pasa porque raspaste el muro más debajo de lo que debías! ¿No me pusiste atención cuando te lo mostré? No debías encontrar nada, simplemente no es de nuestro interés. Esta es la última vez que te traigo para que me ayudes, pues lo único que sabes hacer es hablar y hablar. Le diré a mi hijo que no se enferme nunca más. Lo necesito a él para estas cosas. No es tan rápido, pero al menos es más callado.

El joven sintió el reto, pero trató de disimular. Era la primera vez que reemplazaba a Alonso, su abuelo, quien era el hijo de Ricardo. El muchacho pertenecía a una familia de maestros pintores, de los de brocha gorda, de aquellos que pintan paredes y restauran instalaciones en casas y edificios, aunque no calificaban para ser simples "maestros chasquillas". No, pues su familia se había especializado en muros. De los pequeños, medianos y grandes; pero sobre todo de los más grandes, como el de aquel día. Así como Ricardo, nunca había estado en el Salón Rojo, o al menos eso fue lo que le dijo su abuelo antes de enfermarse. En realidad, no debía estar allí. Y si estaba, era un juego del destino. De esos que dejan huella.

Ahora, con su bisabuelo como jefe (y al que sólo podía tratar de "don"), el joven sólo atinó a empalabrar lo que sus ojos le decían. Era una aventura para el muchacho, pues siempre quiso encontrarse con algo así. A sus cortos dieciséis años, soñaba con la arqueología; tanto, que se había decidido a estudiarla en la universidad, y bien al norte, pues allí había harto para desenterrar. Pero aún era pronto. Los dos años que le quedaban para terminar el colegio lo alejaban todavía de su sueño hecho realidad.

-¿Quién pintaría un cerdo? -preguntó el joven- ¿Don Ricardo, sabe a quién le gustan los cerdos? ¿Habrá alguien como Botero, ese que pinta gordas, pero que en vez de pintarlas lo haga con cerdos?

-¡No sé de qué mierda me estás hablando! ¿Estás seguro que es un cerdo? -dijo el viejo.

-¡Completamente! ¡Reconocería un cerdo pintado donde me lo pongan! ¡Son sus patas, la cola, la forma de su lomo...!

Ricardo, instalado justo debajo del andamio, trataba de reconocer la imagen del animal. Fue en vano. Mientras más esfuerzo hacía, menos veía.

-A un pintor como yo podrás contarle cualquier cosa, muchacho, pues de aquí no logro distinguir lo que dices -dijo el viejo-. Lo único que tengo buenos son los oídos.

-Don Ricardo, hay algo más -dijo el joven.

-¡No me digas que es una granja! -indicó el viejo-. Lo único que nos faltaba es que encontremos un mural campesino. A esos los protege la ley de patrimonio.

Ante la imposibilidad de cotejar el hallazgo con el encargado de las obras, el muchacho pensó que una buena manera de resolverlo era sacando una serie de fotografías con el teléfono móvil que llevaba consigo. Al hacerlo, supuso que podría bajar y confiar en el criterio del viejo. Y así lo hizo. Mientras el anciano maestro pintor desempolvaba el par de diminutos y enchulados lentes que llevaba en el único bolsillo de su camisa de algodón, el joven puso en práctica sus habilidades audiovisuales y sacó fotos de lejos y de cerca, a diestra y siniestra. Al tocar nuevamente el piso firme del salón repitió el procedimiento, con un talento que ya quisiera el mejor fotógrafo profesional. Se encargó de registrar diversos ángulos de esa primera figura encontrada. Sin embargo, tras el particular ejercicio se encontró con la peor reacción que podía esperar de Ricardo.

-¿Tu eres huevón o naciste ayer? -preguntó con sarcasmo el viejo, luego de apreciar las fotografías sacadas por el muchacho.

-Es para que usted lo vea de cerca.

-No se pueden sacar fotos. Esta es propiedad del Estado. Está prohibido -dijo el viejo, sin contener nada de la furia que ya lo tenía alterado.

-Pero si no hay nadie más acá -dijo el joven, muy seguro que su especial interés en la pintura escondida traería consecuencias negativas.

Ricardo, ante la imprudencia del joven y la nula capacidad que tenía para contener la excitación del momento, se sentó en una de las bancas del salón y llamó al muchacho para que estuviera junto a él.

-Prométeme que no publicarás nada de lo que descubramos acá -dijo Ricardo-. Una sola imagen difundida nos costará algo más que un despido.

-Por mí no se preocupe. No acostumbro a publicar fotos.

-Ahora, pásame ese aparato. Déjame ver ese cerdo -dijo el viejo.

No fueron más de dos minutos en los que el anciano pintor y su bisnieto se concentraron en el dispositivo, desentrañando las partes del animal que el muchacho afirmaba ver. Sin embargo, no era tarea fácil. Las sucesivas capas de pintura que fueron puestas una tras otra desde que el edificio pasó a manos del Ejército de Chile, hacían la tarea de lectura de esas imágenes, un verdadero trabajo de exploración.

-Son las patas, aquí. Y el cuerpo también es inconfundible -dijo el muchacho, quien apoyaba su declaración con gestos indicativos de su mano.

-No veo la cabeza del cerdo -acotó el viejo, no muy seguro de la interpretación hecha por su joven y poco talentoso aprendiz de pintor para domicilios.

-No. La cabeza no está. No se pintó la cabeza.

-Sin cabeza no hay cerdo -dijo el viejo.

-La cabeza es humana, don Ricardo -añadió el muchacho-. Mírela bien. Sobre el cuerpo del cerdo se observa una cabeza arrancada por alguien. La gorra lo muestra como un militar.

-¿De qué gorra me hablas? -preguntó el viejo.

Las dudas del anciano fueron rápidamente aclaradas con una segunda fotografía digital, esta vez, algo más nítida que la anterior.

-Esta es la cara que se muestra. Ese hombre maduro que usa gorra, gafas oscuras y un recortado bigote -explicó el joven.

-No es posible -dijo el viejo, entre incrédulo y asombrado.

-Claro que sí, yo la estoy viendo clarita, aunque con un poco más de trabajo en el muro le saco mayor nitidez. Si me da dos días la hago.

-No me refiero a eso, pelotudo.

-¿De qué me habla, entonces? -preguntó el muchacho.

-Esa cara la conozco. Es Pinochet.

-¿Pinochet? -preguntó el joven- ¿Quién es Pinochet?

-No tuviste clases de historia, parece.

-¿El general del golpe?

-El mismo infeliz.

-¿Y no era que llevaba gafas oscuras? -dijo el muchacho, con más dudas que certezas de que su maestro estuviera en lo cierto.

-Ahora sí que estamos en problemas. No podremos seguir con este trabajo. Si el hallazgo se sabe, mandarán a detener las obras. Quizás envíen a gente experta en el tema. Cagamos. Es la razón por la que seguiremos pintando y nadie sabrá nada. No nos metamos en huevadas.

-¿Y qué haremos con las capas más secas? -preguntó el muchacho.

-Se sacan y se vuelve a pintar. Te olvidas del cerdo y del soldado. Nunca lo encontraste, ¿me escuchaste?

-De mi boca no saldrá nada. Y espero que de la Paty tampoco.

-¿La Paty? ¿Quién es la Paty? -preguntó el viejo, confundido.

-Mi polola. Le envié las fotos por WhatsApp. Le encantaron. Y me confirma que es un cerdo.

-¡Pero me dijiste que no las habías publicado!

-Y no lo hice -dijo el muchacho, extrañado por la pregunta del anciano-. Sólo las compartí.

-¡Mierda! ¡Siempre dije que era un error traerte! -exclamó el viejo, antes de ponerse a llorar.